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sábado, 8 de diciembre de 2012

Raciocinio vacuno

Yo no podría comerme el cerebro de una vaca.
¿Hay materia gris en esos cerebros?
Si chupo las hendiduras de un cerebro vacuno, sería como si estuviera chupándole sus ideas. Algo así como si me prestaran sus imágenes, sus pensamientos, su moral, incluso esa personalidad pastosa que las convierte en seres únicos y en el fondo, superficiales.
Todo el día dándole a la cola para espantar a las moscas, sin nada más allá de lo trascendental que hacer ó en qué cavilar durante el día.
Son inteligentes las vacas. No lo parecen pero lo son.
Viven en parsimonia con ellas y con el mundo.
Simulan que son tontas, que no piensan. Con sus ojos a medio cerrar. Como los estores de mi casa cuando quiero que la gente crea que no estoy, y de esa forma ahuyentar a las visitas molestas.
Rumiando su pasto fresco a mandíbula suelta.
Filosofas del campo.
Budas tibetanas masticando tantras.
Sin preocupaciones aparentes. Sin mortificaciones absurdas.
Son listas las vacas.
Desde por la mañana hasta por la noche, no hacen otra cosa que mirar al horizonte con el hocico desbordante de pasto, y con todo el tiempo de sus vidas para hacer la digestión.
Las vacas. Esos frágiles animalitos del prado que no tienen oficio, salvo el de parir bonitos ternerillos, regalarnos su leche, cual tetrabrik de envase permanente.
Y los becerros. Dulces bebes que seguirán con la tradición familiar de hacer, nada.
Dóciles manadas de herbívoras mamás, que ni cambian pañales ni sufren preocupaciones lógicas de una vida en el planeta.
No hacen nada las vacas. No huyen de los peligros, pero claro, tampoco los atraen.
Que envidia me dan la vacas. Sin tener que sufrir la presión que da un pantalón vaquero, al que se le obliga subir muslo arriba y por circunstancias celulíticas, se les hace imposible llegar hasta la cintura.
Cuanta más cadera, más hermosa se las ve.
Estaría bien ser vaca en mi próxima vida.
He cambiado de opinión. Voy a chuparle el cerebro a una vaca.

La Puerta Blanca

lunes, 26 de septiembre de 2011

Pensamiento en voz alta

En un lugar del corazón y en un rincón de mi cerebro.
Dirigida  por Robert Benton en 1984.

En una primera impresión, con un titulo tan cursi, En un lugar del corazón tenía todas las papeletas para no pagar por ella en el cine. Sin embargo, lo hice.
Después de 17 años sin saber nada del corazón de Sally, dejé mis prejuicios atrás, aprovechando su emisión en la tele, y me senté para averiguar qué fue lo que me transmitió esta película, que tan consternada me dejó.
Con una Sally Field como actriz principal y en el mejor momento de su carrera, el despertar de un John Malcovick, un Ed Harris también dándose a conocer, un Danny Glover en uno de sus de sus mejores papeles, y una Lindsay Crouse defendiendo su personajes de amante esposa y como consecuencia, decepcionada, hace que uno se decida finalmente por encajarse en el sofá, y disfrutar de esta historia llena de mensajes.
Comunica desde los primeros minutos de proyección, cosa que en algunos casos hay que esperar a los primeros 20, para saber de qué demonios están hablando los personajes.
Campos de algodón, las miserias de una joven madre recién enviudada, una entidad bancaria que no apoya ni a pobres ni a mujeres, desastres atmosféricos, y un concurso por ganar, hacen que este film mantenga una trama de calidad.
Buena escenografía, fotografía, muy buen argumento, excelente casting, cuidada apuesta cinematográfica y buenos efectos especiales.
Impecables ingredientes para mantener al espectador enganchado ala pantalla. No me cansaría de recomendarla, eso si, dejando los prejuicios es un cajón, y aventurarnos es algo que parece ser pero no es. Y que casi siempre, salimos ganando.
Jamás pensé que diría esto, ¡la tele ha conseguido dejar mi culo quieto ante su poderío!
No todo iba a ser malo para la caja tonta.
Les dejamos con el trailer de la película, que la disfruten.

María del Mar Benítez

viernes, 23 de septiembre de 2011

Vaivén del silencio

Nunca pensé que una caminata cuyo unico fin era desentumecer esos músculos ateridos y faltos de energia y motivación, me diera tantos temas de los que hablar, ni tantos motivos por los que agradecer a la vida, al destino, a lo que sea, tener la vida que tengo. Pero no es momento de rozar la vena lacrimógena, siento que debo contar lo que vi, y expresar con palabras sencillas, sin artifícios, lo que sentí. Una tarde bochornosa, con viento agradecido, emprendí la caminata que tiempo atrás, había postergado rendida a mi dejadez fisica y moral. La cuesta, fría e insultantemente independiente, dibujaba una serpiente de dolor y sacrificio que, por mis narices, subiría.
Hombre, si subiría. Cuando asfixiada y sudorosa, tomo la curva , a lo lejos , solitarias, dos mujeres. Nada inusual en un mundo donde a las mujeres no nos importa ir juntas a muchos sitios, pero  me llamaba la atención.
Allí estaban, una mirando al horizonte, la otra apoyaba su espalda en el costado de la otra.
Una joven , la otra mayor.  A simple vista , una madre y una hija, que reposan al fresco de la tarde, la caminata, que como yo, iniciaban o acababan. 
La distancia, que muchas veces nos ayuda a clarificar las cosas, en este caso desenfocaba la realidad que minutos después pasaría delante de mis ojos, como un escaparate vacío, solo ocupado por enseres fuera de temporada.
Cuánto más me acercaba, mas me dolía, mas sentía, el dolor de la imagen. Una, ausente, de unos 30 y poco, con las piernas sobre el reposabrazo del banco, se balanceaba una y otra vez, con la mirada perdida. Otra, mayor, con el color casi ausente del cabello. Éste recogido en una coleta nada coqueta, era como el apéndice final de algo ajado, sin color, sin pasión. Una, la hija, especial. La otra, madre, resignada, apagada, dolorida, cansada.
Aquella imagen, me impactó durante mucho tiempo, miles de preguntas, agolparon mi mente: sabrá algún día esa hija el sacrifico de su madre; conocerá la razón de su mirada vacía; sabrán los que pasamos a su lado, con nuestras ajenas vidas, lo cansada que está.
Aquel banco, me mostró la imagen de la soledad, del cansancio, de la devoción no remunerada, de la vida dedicada a otra persona. 
En aquel banco, no había vida, era todo gris. Cuánta tristeza, cuanto vacio.

Ella miraba sus pies, pregunándose , a dónde la hubieran llevado de no ser  por...
Ella miraba al frente, no ve, no hay espacio para nada, está resignada y lo sabe, lo nota, lo notan.
Ella mira a la gente, que concentrada en sus kilos y su música , placebo de todos los males, pasan ante ella con sus vidas ajenas. Se pregunta muchas veces, si ella no hubiera...; si ella hubiera ...., pero el vaivén de su hija, que nunca ha sido consciente de lo qué significa en su vida, la saca de ese mundo que nunca será suyo.
Seguirá yendo todas las tardes, a sentarse en ese banco triste y gris, de espaldas a los coches,  de frente a la gente ajena , para contemplar las vidas que hubieran sido de ella, pero no lo son .
Continuo mi caminata, siendo consciente que por un momento ellas han ocupado mi mente y no los traidores kilos, que cual ladrones se esconden detras de algún músculo, esperando devorar tu autoestima.

Publicado por: El Secreter.

lunes, 12 de septiembre de 2011

En la punta de la lengua

Babilonia la gran ramera

Ramera:

Este término, que define de forma despectiva, a la mujer que tiene como oficio relaciones carnales con hombres, o sea puta, y si de repente nos queremos hacer los finos, se prefiere decir prostituta, mujer de la vida, y un largo etc., tiene sus orígenes en el siglo XII. ¡Casi nada! 
 Debe ser por eso que también lo llaman el oficio más antiguo.

Durante la edad media, en muchos países la prostitución estaba considerada como un trabajo más. Incluso reglado por los municipios y con controles sanitarios. Como diría Mafalda…qué modernos los antiguos.
Sin embargo, las leyes no evitaban los abusos, engaños y vejaciones a los que estas mujeres estaban sometidas, bajo el yugo de los burdeles.

Es por ello, que estas damas interesadas en querer salir de los prostíbulos, y además, llevarse a su clientela, para que a estos les fuera más fácil localizarlas, enramaban con llamativas flores los balcones de sus casas.
De ahí, la palabra ramera, que viene de: enramar, entrelazar, enlazar, cubrir, enramarse.
A qué ahora ya no parece una palabra fea…


María de Mar Benítez

sábado, 10 de septiembre de 2011

Cuando el arte es necesidad

¿Te has despertado alguna vez con una idea rondándote la cabeza y has sentido la imperiosa necesidad de plasmarla para no olvidarla?
¿Has sentido alguna vez que te faltaba el aire, cuando por fin has conseguido desarrollar lo que tenías estancado?
¿Te has sentido alguna vez incapaz de soltar el bolígrafo o las teclas del ordenador, porque sientes que si te apartas la comunicación entre él y tu inspiración se perderá para siempre?
¿Te has acostado rendido por el sueño, incapaz de controlar los espasmos, sintiendo que no es lo que deberías hacer, que lo correcto es seguir escribiendo, pintando, leyendo?
Amigo estás enfermo de arte.
Muchas personas necesitan escribir más que respirar, necesitan fotografiar más que comer, necesitan gritar, sacar para afuera todo ese sentimiento, ese mundo interior, traducido en arte, mas que vivir.
Cuando el arte se convierte en necesidad , la vida es una excusa mas. Nos preocupa la vida, su duración, porque nuestro cuerpo es tan frágil y nuestra inspiración tan infinita que uno de los dos saldrá perdiendo.
Cuando el arte se convierte en necesidad  no hay nadie mas, solo tú y el lienzo, solo tú y el papel, la roca, la cámara, el público, el aire, el universo.
Cuando el arte se convierte en necesidad, cualquier esquina se transforma, muta; cualquier corcho roído por el tiempo se transforma en icono de mi mundo, en musa de lo contado, en excusa de lo fotografiado.
El mundo se convierte en mi laboratorio experimental, porque necesito jugar, experimentar, porque el arte es mi sino, es mi vida, es mi razón de ser. No puedo encasillarme, ni estancarme, necesito jugar, manosear, investigar, indagar, aprisionar, empaparme de lo externo para hacerlo mio.
Cuando el arte se convierte en necesidad, la necesidad se vuelve arte, se vuelve belleza.

Cuando el arte se convierte en necesidad, el resto de los mortales, contemplamos.

lunes, 29 de agosto de 2011

¿Para qué sirve una estantería llena de libros en casa?


Ufff, hoy en día, es muy común encontrarnos inmersos en alguna conversación donde alguien, casi siempre, con muy buena leche e intención, suelta sin protección, sin profiláctico alguno, una pregunta envuelta en dramatismo y desesperación: ¿alguien sabe dónde puedo entregar libros, es que no se qué hacer con ellos?
Cara de sorpresa de los que nos gusta leer y casi irremediablemente, te ves soltando una frase, de la cual, mas tarde, te arrepentirás: Me paso por tu casa y les echo un ojo.
Minutos más tarde, ya en el salón de tu casa, te echas, literalmente, en el sofá y observas tu librería, preguntándote, si algún día tú preguntaras lo mismo en alguna reunión esporádica.
NOOOOO, que va. Mi librería es como una puerta mágica a miles de mundos. Problemas de limpieza, ninguno,  solo hay que pasarle un plumero, ni siquiera un paño, solo la leve acaricia de una pluma, por sus portadas, quita el incómodo polvo del trasiego humano.  Los mundos que hay detrás de cada portada, son el alma de la estantería.
Noche tras noche, contemplo mi librería, escasa para mi gusto, y repaso mentalmente, los temas, escritores y ambientes de cada uno de ellos. Me encanta mirar su distribución, su orden, el escaso espacio que hay entre ellos, me fascina oírme decir: “Cariño, tenemos que buscar otra estantería”. Dios, cuánto saber, cuanta oportunidad abierta a mi tiempo de lectura.
La pregunta sobra, qué si los he leído todos. Por supuesto que no, me encanta darle su tiempo, que me conozcan, que conozcan la casa, a mi pareja, las miradas extrañas que él les echa, pensando, qué narices tendrán estos rectángulos apretados unos con otros.
No sé si algún día los leeré todos, es como decirles adiós y que se conviertan en un articulo más que limpiar, por ahora, serán seres con vida que esperan ansiosos, ser leídos, pero que mientras tanto conviven con una pareja típica, con paranoias y excentricidades.
De lo que estoy segura es que jamás, jamás, empezaré una conversación, pidiéndole a alguien que me quite los libros de mi estantería. Antes me caso. Jajaja…