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jueves, 4 de abril de 2013

Las mujeres que escriben pequeño y recto

Foto: barriendoporlosrincones.blogspot.com
Clodetta amanecía ,todos los días, con el dedo emborronado de la tinta barata ,que compraba en la librería del pueblo. Su abuelo le enseñó que las cosas mas bonitas que podía escribir, saldrían de una pluma, porque el olor de su tinta , la marca que deja en los dedos hace,  al que escribe, parte del relato.
Clodetta nunca olvidó  pedir para su cumpleaños una pluma estilográfica nueva. No era ambiciosa. Solo una condición: su color. Tenía que ser roja. El contraste del rojo  sobre el blanco,  la forma de su escritura, le gustaba.
Un verano, cerca de los 25, Clodetta sentada  en la terraza de la casa de campo, revisaba una y otra vez las páginas, que llevaba emborronadas, desde que  comenzó  la época estival. 5. Solo cinco. Recordó que el verano pasado ,  por la misma fecha, tenía  3 relatos, 2 poemarios y una escena de la obra que dejó inacabada su abuelo, hace ya 5 años. Páginas sin orden, sin sentido, sin principio, sin fin, no era lo normal en Clodetta.
Salía y entraba de su habitación, mirando con  miedo las cuartillas que,  ordenadamente, había esparcido  sobre la colcha floral, que su abuela ,colocaba cada verano.
Las flores hacían que destacaran lo escaso de su trabajo. No encontraba la inspiración, la musa que había heredado de su abuelo, le  había abandonado. De repente, vio el problema. Se abalanzó  sobre los folios emborronados y recordó lo que le decía su abuelo: Escribe pequeño y recto, porque siempre habrá espacio para las musas. Su escritura era grande, deforme,  agotaba la línea, no había espacio ni para las musas , ni para el asombro.
Letra pequeña, recta, sin variantes, espacios para el suspiro, para el odio, el amor, para que esos seres que la acompañaban desde niña, le guiaran el camino. Las palabras salían solas, brotaban de la rojez de sus dedos, desfilaban, se deslizaban por los folios, como una ola sobre un mar embravecido, sin control, con fuerza, con miedo, pero con belleza.
Clodetta escribió mas que nunca, siempre pequeño y recto , como le enseñó su abuelo.

©Lola Tabernas

sábado, 23 de febrero de 2013

azul

La mañana que mi abuelo descorrió las cortinas y nombró a dios en vano, yo cumplía 15 años. Desde pequeña , las vacaciones en casa de mis abuelos habían sido especiales. En la ciudad gris, me aburría, las clases eran grises, la comida , la gente, los coches, el cielo , todo lo embadurnaba un color gris que, aunque serio y necesario para la vida en la ciudad, me volvía melancólica, triste. Para una niña, de apenas 14 años, era un presente nada, nada prometedor, así que cuando podía y mis padres tenían un hueco para ser conscientes que tenían una hija, les pedía pasar una temporada con mis abuelos. Hans y Katherine emigrantes suecos , que llegaron al país justo cuando la recuperación industrial hacia atractivo al continente,vivían en la periferia de la ciudad, allá donde no llegaba lo grisáceo de lo cotidiano. Cuando mi abuela tuvo a su primera hija, Josseline mi madre, le dijo a mi abuelo , en baja voz, casi susurrando: " No es lugar para una familia". Mi abuelo, que es muy inteligente y estaba muy enamorado, comprendió que Kathe no le daría mas hijos, si seguía viviendo en la ciudad gris. Se marchó durante tres semanas, con sus días, noches y tardes. Kathe, triste y angustiada, miraba por la podrida ventana, buscando a Hans, observando a cada hombre que corría en la calle, que se paraba o simplemente, miraba al cielo. Hasta que un día, Hans, se presentó con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsa. Tras los besos y caricias de rigor, Hans ,tomó a Kathe de la mano y la atrajo hacia la mesa y en una penumbra casi sospechosa, vertió el contenido de aquella minúscula bolsa sobre la madera gris. De repente,  la habitación se llenó de una gama de  azules  alegres. Kathe  cerró las contraventanas y corrió las cortinas, toda precaución era poca, no podían exponerse a que alguien viera esos  colores. Ambos se quedaron mirando con un brillo extraño en sus ojos.  " Aquí seremos una familia. Lejos del gris. Está a mas de tres días de camino, pero el sol sale todos los días y el azul lo inunda todo." dijo Hans, entre sollozos. Kathe abrazaba a su hija, sin poder creerse que por fin tendría el futuro que anhelaba para su familia. Una noche cualquiera, los  Addoc dejaron su pasado tras  la puerta mugrienta y gris de su cutre habitáculo marital, sabiendo que sería la ultima vez que verían el gris adornando cada uno de los instante de su vida.
El futuro que deseaban apareció tras tres días de caminatas nocturnas, escondites mugrientos e insanos,sin apenas comida. El pecho de Kathe no segregaba comida para Josseline.  Hans cansado de no ver acercarse el paraíso que deseaba, lloraba escondido tras las mantas, a medio roer, que eran su única herencia. Pero un día, cuando mas exhaustos estaban, a punto de rendirse y dejarse contagiar por el gris aterrador, un ligero calor les despertó. Se miraron y cuando el abuelo Hans movió la telucha que hacía de puerta, la luz azul inundó la mirada de la familia Addoc. Habían llegado.
Mi abuela siempre me ha contado, que cuando pudo salir de aquel agujero inmundo en el que se había escondido , y el azul la rodeaba, se quedó por un instante ciega. Lloraba, lloraba porque no podía ver lo que tanto tiempo llevaban buscando.
Recuerda que el cielo era de un azul intenso, cálido. Los árboles desprendían un olor a frangancias que le recordaba a su Suecia natal y  los habían de todas las gamas de azules. El aire era limpio y el sol, lo poco que no era azul, calentaba la tierra  haciendo que aquello que acababan de descubrir fuera el paraíso.
Mis abuelos Hans yKathe construyeron una vida y una familia durante años. Hoy, cuando cumplo 15 años, agradezco a mis abuelos  aquella aventura  que corrieron en busca del color. Siento que las cosas que nos hacen sentir bien vienen envueltas en diferentes colores, el mio es el azul, no pierdan el suyo.
Feliz día azul.

©Lola Tabernas


sábado, 9 de febrero de 2013

Engaño labial

- Sinceramente, ¿crees que estos labios te mienten?  . Por supuesto.  Es un hecho que cada vez que esperaba una respuesta sincera,  a lo que sentía por mi, miraba encandilado esos labios, que nunca supieron decir la verdad.  Todas las veces que le pedía esa prueba de amor, ella siempre se mordisqueaba la comisura de la boca.  Solo una. La derecha. Al principio , aquello me excitaba, creía que la fuerza irremediable de su deseo por mi persona, hacía que tuviera que reprimirla en espacios abiertos, con mas gente, en el trabajo. Pero un día , en el que había llegado tarde y ella se había olvidado de nuestra primera cita, aquella en la que le adorné de guirnaldas rojas y verdes el jardín trasero de la casa de su abuela. Aquella en la que los versos de Neruda volaban entre el dulzor del champán y la cremosidad de la nata fresca. Aquella en la que con una maroma, le alcancé la luna,  no podía creermelo, se había olvidado. La miraba, buscando un ápice de dolor, de arrepentimiento, de ansias por no haber podido acordarse. Solo encontré esos labios que tantas veces besé , mordisqueándose sin pudor, sin dolor, sin mesura. No había piel. No había carne, solo dientes buscando algo que raer para mitigar, la MENTIRA. Pasaron los años y cada vez su  boca , aquella nube rosa , que de vez en cuando me decía, te quiero, con desgana, pero TE QUIERO, se desvanecía entre mordeduras por despistes, por olvidos, por mentiras piadosas, por cualquier cosa que fuera no decir la verdad.
Los besos, aquellos que enjuagaban mi corazón, eran secos, áridos, ajados, sin sustancia. La lengua, mentirosa complice de sus desmanes, enjuagaba de manera soez y vulgar cada uno de los sentimientos que por ella salía.
- Te quiero, mi amor. Te esperaré despierta.
MENTIRA! Como una cerda, apoltronada en la cama, que eligió en un momento de debilidad, roncando como si ella sola estuviera en el mundo. MENTIROSA. La miraba, una y otra vez. Cada noche, lo mismo. La boca seguía mordiéndose , arrepintiéndose de las puñaladas que asestaba diariamente.
Una noche, me despertó el rechinar de los dientes. Macabro espectáculo. Le roían los labios a una velocidad y profundidad inhumana. Sospeché que la verdad , esa que no conocía, había abandonado su cuerpo y la mentira, compañera de viaje, finiquitaba con lo poco que quedaba de ella.
Moría , pasadas las horas, presa de su voraz enfermedad, la mentira. A veces, me gusta pensar que me quería, pero que era demasiado cobarde para enfrentarse a ese sentimiento. Otras veces, la mayoria, siento que aquella noche mágica , donde le alcancé la luna, con aromas de champán y nata, fui el mayor gilipollas del mundo.
El amor es ciego, dicen , y sordo, apostillo.
 
©Lola Tabernas
 

jueves, 4 de octubre de 2012

PROPINAS


Como cada mañana Dunia, desplazaba su cansada y joven mano sobre el despertador. Desde que aquello, que todos llamaban matrimonio, empezó a decaer y sobrevivía en la rutina, Dunia, iniciaba la mañana mirando a su alrededor, y confirmando que nada había cambiado.

Siete, ocho y nueve. Con la última mini campanada del mini cuco del salón, caía Dunia en una de las sillas de la cocina que años antes, cubría con plástico. Caía el coletero que, estratégicamente, colocaba al lado del despertador, para esconder lo que le quedaba de mujer, su negra y atractiva melena, ante los ojos del que la veía calva.

Apoyando la espalda en la puerta, apenas dos vueltas a la llave. Cerrada. Puso agua al fuego, calculó el tiempo para darse una ducha. El cuarto de baño se impregnó en unos minutos del olor a vainilla y toffee del gel que había comprado meses atrás.

Le encantaba viajar por su cuerpo, recorrerlo. Sus pies decorados con el rouge de sus uñas elegantes y seductoras, le incitaba a mirarse una y otra vez. En frente del plato de ducha, hace meses colocó, estratégicamente, un espejo, en teoría para poder verse la ropa, en la práctica su propio voyeurismo. Necesitaba estar mojada, sentirse impregnada por el gel y sentir que el agua fría había hecho su función, ponerle los pechos como a ella le gustaban, duros.
Enjuagada, llena de espuma, su melena suelta, mojada y adherida a la espalda, cayendo sin pudor sobre uno de los pechos, era la imagen que quería ver. Abrió la mampara y allí estaba, virgen, mojada, deseada, deseosa, mujer, bella, desaprovechada, ardiente y poderosa. Le gustaban las curvas de su culo, las nalgas apretadas al frio de los azulejos, sus pechos improvisadas cascadas para el agua que brotaba libre llena de olor, de su melena. Tras quitarse los restos de gel y champú, el aceite con extractos de canela, corría por sus pechos, caía, elegantemente, hacia su ombligo, pequeño y hermoso.
Sus manos delgadas, elegantes lo distribuían despacio, con un ritmo constante, circular por los pechos; del centro para atrás en el estomago; de abajo para arriba en la nalgas y piernas. Ese cuerpo maduro, apetecible, impregnado en aceites del paraíso, se mostraba salvaje e insaciable ante el espejo, compañero de sus fantasías. La toalla golpeaba suavemente el cuerpo de Dunia. Ante el espejo mundano, el de todos los días, el de su marido e hijos, el de afeitarse, el de los granos, el que se limpia, el que se escupe, Dunia se ponía sus cremas. Repasaba sus marcas gestuales, sus cejas, su boca. 
De repente la tetera comenzó a silbar. Se enfundó el pijama de las mañanas, el que la excitaba. Un conjunto de corte antiguo, tipo hombre, camisa abotonada, y cordón ajustador en el pantalón. Sobrio, sencillo, pero ideal para su cometido. Vertió el agua en su taza de infusiones, aquella que compró en su primer y último viaje como pareja. Se sentó en el sillón que era de su padre, donde leía, frente a la ventana que daba a la calle, a la principal.
El pelo, aunque húmedo, ya estaba en condiciones de secarse al aire, solo. Dejó la taza en el fregadero, abrió uno de los armarios de la cocina y comenzó a retirar los frascos, se inclinó, alargó el brazo para alcanzar mejor su pequeño vicio, insinuando la curvatura de sus nalgas, perfectas y duras.
 En la intimidad del cuarto de piletas, Dunia, apoyada en la lavadora, encendía su cigarro de todas las mañanas. Se colocó el pelo, la camisa del pijama media abierta, por donde se dejaba ver los bordes de sus turgentes pechos. El pantalón encajado en la cadera, arrastraba en el suelo, apenas dejaba entrever sus elegantes uñas. Poco a poco se acercaba al respiradero del cuarto que daba a un patio interior. Una ventana con persianas entreabiertas. Nadie la podía ver, sentía el temor de ser cazada y la excitaba a medida que se acercaba al contacto con el mosquitero, una tela que se había colocado para que nada pudiera entrar por las rendijas de la persiana. Por cada paso que daba, la calada, la volvía más salvaje y poderosa. Por cada calada, un botón se desprendía de la opresión del ojal. Por cada botón liberado, el pecho se asomaba, quedándose tímido al borde de la camisa del pijama. Ya cerca, muy cerca de la zona de no retorno, donde alguien la pudiera ver, Dunia, aligeró el ajustador del pantalón y lo dejó caer. Allí estaba la mujer. Hermosa, débil, inocente, tierna y temblorosa, pero sobre todo, caliente. Necesitaba sentir placer, rozando el peligro de ser vista y ser declarada una mala mujer. Lo necesitaba. Poco a poco, sus pechos cada vez más duros, se acercaban a la frialdad de la tela, los apretaba, tan delicadamente, sintiendo la fricción en sus pezones. Su mano se deslizaba por su pelo, por esa melena que él no sabía tocar.   Y justo en ese momento, como cada día olvidaba quien era, lo que tenía, lo que odiaba y quería.
‘D’ de Will Santillo (2011). TASCHEN

Olvidaba a quién amaba, odiaba y ansiaba. Agarrada a la ventana, prácticamente sobre la tela, sus dedos, consoladores domésticos, que la llevaban a lo más profundo de su clímax, entraban y salían , primero despacio y luego desatados. Su pelo se confundía y enredaba con la lengua, esa que escupía, que lamía sus dedos después del arduo trabajo.

Cuando el clímax no podía ser mayor, corrió desnuda, hacia el baño. Abrió el agua caliente y frente al espejo de las orgías matutinas, Dunia se masturbaba, como nunca, como siempre. El vaho inundaba cada rincón del baño, acariciando, sin quererlo, el cuerpo mojado y tembloroso de Dunia. Sentada, se contemplaba abierta, con los pies en punta. Un bello animal, jadeante que la incitaba a todo menos a la cordura. Se acariciaba, se miraba y se buscaba, lentamente, disfrutando, exigiéndose, córrete, córrete, CÓRRETE, CÓRRETEEEE¡¡¡¡

Como cada mañana Dunia, desplazaba su cansada y joven mano sobre el despertador…

 

©Lola Tabernas
* Texto presentado al Concurso Literario  Erótico de La Fragua del Trovador.

jueves, 28 de junio de 2012

La mujer que escribía en un coche

Cada mañana apoyaba la espalda en el skay ajado de la puerta del conductor. Sus pies albinos con un leve toque de color en las uñas, encontraban reposo y apoyo en el cuadrilátero de la palanca de cambio. Así, cada mañana, la mujer desconocida lanzaba al viento su roja trenza, a través del poco delicado cristal de la puerta.
Mirando a no se sabe dónde, aquella mujer , escribía mientras esperaba. Los rayos, caprichosos, iluminaban sus dedos, dejando entrever la delicada pedicura de los fines de semana. El bolígrafo, objeto cotidiano y vulgar, viajaba sinuosamente de izquierda a derecha.
Todas las mañanas lo mismo, escribía, escribía. Por momentos, me imaginaba el peregrinar de las letras, el viaje nómada de las palabras en grupo, viajando de coche en coche, mostrando la visa de la intelectualidad, del ensoñamiento, de la pasión, de la vergüenza. Cada aduana, vigilada a veces por la cordura y ,otras, por el sinsentido mas coherente, subía y bajaba la baliza con el ritmo atronador del rasgar del bolígrafo en el papel. ¿Por qué en un coche? Incómodo, impersonal, falto de los perfumes de la creación. ¿Por qué debajo de mi ventana? Banal, vulgar, municipal, nada evocador. Después de muchos días, empecé a verla con otro prisma, con otros ojos. Ya no me preguntaba, solo miraba. Sus manos, su pelo, su modo de acomodarse en aquel asiento, que inerte, no sentía el crear , en sus fibras sintéticas, vulgares, nada de otro mundo.
Pasaron los días. Mas preguntas venían a mi cabeza, ¿por qué acudía día tras día a mi ventana a observarla? ¿Por qué hacía el mismo ritual: despertador, ducha, café, croissant, fruta, plato, silla y ella a través de mi ventana?
Infantiles pensamientos acudieron, sin el mínimo pudor, a mi cabeza: estas enamorándote. Pero de la misma manera que inundaban las neuronas, que aun quedaban dormidas, salían escopeteadas por la coherencia y sensatez que vigilaba, desde muy temprano, a las neuronas que al tin tin insoportable del despertador, acompañaban cada uno de mis actos.
Solo había una respuesta: era testigo de uno de los momentos mas sublimes del ser humano, la creación. Cada mañana, la mujer que escribía en un cohce, me regalaba sus musas, su inspiración, me dejaba entrar en sus momentos de duda, de rencor, de pasión , de olvido y frustración. ¿Hay mejor plan que ese? Lo dudo. Nunca me interesó quién era; qué hacía debajo de mi ventana; a quién esperaba; si estaba casada o soltera, solo sabía que en aquellas letras que día tras día anotaba en su cuaderno, mi mirada estaba presente. Había sido testigo del nacimiento de su obra, de su criatura hecha letras. Por un instante, fantaseé, con la idea de que esa mujer era la fantasía de un lector, la presencia física de lo intelectual desde muy temprano.
Pero un buen día, cerca de las 8, sonaba el despertador; se oía el agua caer, descontroladamente, por la alcachofa del baño; se olía el café y el arrastrar de una silla, el tintineo de la vajilla y luego, silencio. No estaba.
Simplemente, vacío. No había coche, ni mujer, ni trenza, ni bolígrafo, ni comitiva nómada entrando por la ventana. No había palabras, ni carácteres. No había creación.
Los días se convirtieron en semanas, y éstas en meses. Nunca nadie mas se apostó debajo de mi ventana a crear. Si, a escupir, a manchar, a blasfemar, a llorar, a gritar, a mear. Otro tipo de creación que no me llenaba el alma.
Así que un buen día dejé de oír el tin tin de mi despertador, y el caer descontrolado del agua por la alcachofa de mi baño. Dejé de oler el café matutino y el tintineo de la vajilla. La silla no se movió de su lugar y mi existencia siguió, como antes de que apareceriera ella, vacia.

©Lola Tabernas

lunes, 18 de junio de 2012

Manos

Volvía a callarme.
Volvía a sangrarme la boca.
Las uñas arañaban la mesa,
apenas , esquinada en mi salón.
Los suspiros
 se zafaban, bruscamente,
desgarrando la poca piel
 que quedaba sin tocar.
No puedo insultarte .
No puedo arrancarte los ojos.
No puedo dejarme morir,
solo porque apenas me amas.
Si solo fuera eso,
necio de mi vida.
No me arranco las manos,
porque no me servirían para acariciar
a otro que desenrede mi pelo.
No me arranco la garganta,
porque no podría gritar:
TE NECESITOOO¡¡¡
a quien lo quiera oir.

No muero, porque se
que me queda vida para otro.
Si, nadie concreto,
alguien para el que mi silencio
no le perturbe y mi voz
sea el sonido que mas añora.
Si , alguien a quien  no pongo cara,
pero pongo alma.

Si, pobre necio,
ahora me tapo la cara,
pero mañana,
mañana,
estúpido,
será otro día.

                                                ©Lola Tabernas


sábado, 19 de mayo de 2012

Mrs. Brightday

Aún resonaban los últimos acordes de la fiesta de primavera, cuando Sophie, se desplomaba ante la mirada ebria, de muchos de los invitados. Rodeada de su propio vómito, apenas unos segundos  valieron para echar por tierra el mito de su persona y caer en la conclusión que aquella dama que, minutos antes, bajaba braguetas y quemaba corazones, era humana.
Hija de un minero y una ama de casa, Mary Jean, como la llamaba la administración, creció en un barrio de mala muerte y mal olor. Desde joven, oteaba desde la ventana de la habitación, que compartía con sus 6 hermanos, la otra  ciudad que se mostraba a diario, brillante, limpia, sin olores, sin penurias, solo luz.
Un día, apenas pasaban segundos de su mayoría de edad, Sophie enterraba a Mary Jane, en el asqueroso jardín de la parte trasera de su cochambrosa casa. En un agujero , donde no solo enterraría sus prendas, si no a esa chica que no volvería a ver jamas, ni oír sus quejas , ni reproches. A partir de ese momento, con la última porción de tierra arrastrada por unos botines, que semanas antes había robado en la tienda del Sr. Blonde, moría Mary Jane, nacía Sophie. Mientras caminaba hacia su nuevo destino, pensaba que nadie iba por el mundo sin un apellido. Caminaba y caminaba, pero solo venían a su cabeza apellidos vulgares. Se había jurado que la vulgaridad se quedaba con sus medias heredadas de su madre y su hermana mayor.  A la mañana siguiente, Sophie , sin apellidos , entraba en la ciudad, los coches, la gente, el bullicio. Se arregló el pelo, el vestido, las medias. Miró a ambos lados de la carretera, suspiró, por primera vez el aire que tanto anhelaba caminaba por sus pulmones, ya era de la ciudad, su momento era ese y con paso firme recorrió los primeros metros de las aceras, que brillaban como si estuvieran formadas por baldosas de oro. Pronto notó que la miraban , que la piropeaban y que se volvían a mirarla. Sophie era una mujer deseada y allí estaba.
Nunca pensó que esos primeros pasos y el brillo deslumbrante y embriagador de las baldosas, la llevarían a ser la mujer mas deseada del planeta, la rompecorazones de ambos sexos , la mujer que agarró al destino y  lo desafió. Sophie nunca abandonó su particular camino de baldosas doradas. Cuanto mas subía, menos amaba, cuanto mas amaba mas herida se sentía. Un día, poco antes de perder a su primer hijo, encontró a su madre en el reflejo del espejo dorado de estilo francés, de su habitación. Nunca pensó que todo lo que había enterrado, años atrás en aquel basurero que llamaban hogar, podía volver. Los hombres la amaban por lo que representaba, ella los amaba por lo que podían darle. Las mujeres la odiaban y la amaban  de igual manera. Nunca le hizo asco al placer momentáneo. Nunca miró a los demás mas allá de lo que ella quería. Nunca sintió amor, aunque lo disimuló. Perdió el hijo y con él, lo poco de humana que le quedaba. Arrastraba su hermosura ajada y gastada por los excesos de demostrar que era Sophie, mientras Mary Jane, acudía noche tras noche, a su cama. El alcohol , las drogas, los abandonos sexuales en manos de quien apenas conocía, no pudieron taponar esa brecha que se abría, sin remedio, en lo que le quedaba de alma.
Una tarde, poco antes de la fiesta de primavera de 1926, Sophie, volvía a levantarse tarde, en una cama con acompañantes. A la derecha, dos hombres dormían abrazados, mientras que a la izquierda una joven de melena dorada, dormía plácidamente apenas tapada con una delicada sabana. Se dio cuenta que nadie la abrazaba. Como pudo se levantó de la cama , buscó su bata , esa que un día compró con sus primeros ahorros, y los contempló. Escoria - pensó. No todo el mundo puede irse a la cama con Sophie y esta gentuza, la habían abandonado a pocos centímetros de su piel . Después de tantos años , su cuerpo seguía sin tolerar bien la mezcla de alcohol y drogas, apenas sin encontrar un equilibrio que la hiciera entrar en el baño, con un poco de dignidad, comenzó a vomitar , justo en la puerta del baño dorado que hacía poco mandó a colocar. Los vómitos cada vez eran mas dolientes, de pronto , de la boca mas deseada de los últimos años, comenzó a salir sangre. La imagen que el espejo le devolvía era  grotesca, asquerosa , distante de aquella joven que se mareaba de tanto mirar los rascacielos. Amarilla, delgada y cansada, Sophie, apenas tenía fuerza para entrar en la bañera. Gritó, pero nadie la escuchó. Sola, como cuando era  una niña y rodeada de sus hermanos, veía desde su ventana la ciudad. Sola como cuando  su madre, la miraba con odio, con rencor. Sola, otra vez sola, como siempre.
Era el destino , ese al que desafiaba constantemente, que le enviaba un recado sin acuse de recibo.
Mary Jane, moriría,  aquella noche, mientras resonaban los últimos acordes de la fiesta de primavera de 1926,  en una alfombra llena de pisadas, y alcohol. Murió rodeada de gente que no  sabían quien era, que ni intención tenían de conocerla. Sophie, al contrario, se convirtió en una leyenda de las que se escriben libros. Una mujer que dio a la sociedad que la acogió lo único que  tenía, su vida. Una mujer que murió como vivió , dando de que hablar, desafiando al destino una vez mas, rodeada de los que la deseaban y odiaban a partes iguales
En su lápida, aquella, que dejó encargada por si pronto la jugada terminaba, se podía leer:
" Aquí yace Sophie Brightday, encantada de haberme conocido"


©Lola Tabernas

jueves, 26 de abril de 2012

Algo tuyo

- No me mires así. Le recriminaba una y otra vez. Ella reía. Cada vez mas fuerte. Maldita niñata de mierda. Siempre supe que no le gustaba, pero  caía en sus redes sin pensarlo, sin sentirlo. Desde que la conocí hace apenas dos años, en una redada en un bar de mala muerte de los suburbios de Barcelona, supe que jamás saldría de mi vida. Joven y despiadada, salvajemente deseada por todos y sirvienta de nadie. No tenía dueño. Su cuerpo, esa moneda de cambio que vendía muy cara, me enredaba  en el abismo en el que se había convertido mi vida. Me encantaba que me mirara con desprecio , porque en ese desprecio yo gozaba. Llegué a no conocer la dignidad, bajo su piel todo era olvido y placer, dolor y placer.
- No te rías.
- ¿Por qué no? Disfrutas.
- Pero tú no.
-Tú que sabes...y me volvía a lamer la boca, el pecho, hasta que rendido la sentía encima, enjuagando una y otra vez el dolor de la pasión. Cada mañana lo mismo, maldecía mi falta de voluntad, mi carente sentido de la dignidad. Recogía mi ropa y me quedaba un instante, un segundo a contemplar ese cuerpo desnudo débil, frágil que yacía en esa cama donde, horas antes, dejaba de ser persona. De vuelta a la realidad, la calle me olía a miseria, a falsedad. Los escaparates me devolvían la imagen de un pusilánime dentro de un uniforme que engaña, que enfrasca, que enmascara la podredumbre de mi alma.
Regreso cada minuto a esa cama, a ella. Me enredo en su pelo, me pierdo en sus manos y dejo lo que soy a los bordes del sucio colchón. Sonámbulo por la ciudad, camino siguiendo la senda que marca mi compañero, recalo en esquinas, me apoyo en paredes, apenas me sostengo en pie. Sus ojos , esos que desploman mi voluntad, aparecen en cada coche, en cada cara, en cada soplo de la mierda de aire que respiro. Sin darme cuenta, sollozo,  me falta el aire, me agobio, me arranco  el casco, me desplomo  encima de chicles pisados, restos de cacas y escupitajos ajenos. Eso soy. Una parte mas de una ciudad sucia..
Ruido, mas ruido, pitidos, sonidos que apenas reconozco. Un fogonazo desde el techo, apenas me deja ver lo que hay a mi alrededor. A los pies de la cama, leyendo una revista , con su melena negra cayendo por uno de sus hombros, como siempre irreverente, despreocupada, soberbia y malditamente bella, estaban los ojos de la niñata que me arranca la cordura.
- Hola, ¿qué haces aquí?
- Tenias mi puto teléfono en tu cartera. Creyeron que era algo tuyo y ...aquí estoy.
- Lo siento. Por momentos, antes que hablara, sentí que significaba algo para ella, que volvía a ser de alguien, pertenecer a alguien, que dolía a alguien. Pero solo fue un instante, uno solo.
- Me voy. (Antes de llegar a la puerta , volvió sobre sus pasos y se acercó a mi oído) Solo me tienes a mi. Qué mala suerte. Nos vemos .
Al tenerla tan cerca, supe que no sabría vivir sin sus desprecios y que acabara como acabara, volvería a ella, suplicando un mínimo espacio en aquello que llama vida. Me quedé escuchando la sensualidad  de sus pasos. Enmudecieron los ruidos artificiales y superfluos de lo que me rodeaba y solo existía para mi sus pasos y su olor.
Comenzaba a llover y la ventana de mi habitación se cubrió de diminutas gotas que resbalaban sin sentido. Odio la ciudad mojada.

©Lola Tabernas

sábado, 24 de marzo de 2012

Claude


Lady M. , como se hacía llamar, apenas rozaba los dedos con la campanilla dorada de su habitación y en segundos, el leve ruido del mini badajo, de la mini campana, rodeaba la casa y llegaba a los oídos del mas leal de los sirvientes, Claude. Gran diva del cine europeo, Lady M, enjuagaba sus  lágrimas con ginebra y aderezaba las reuniones , cantando a cappela, canciones que pronto hacía suya. Nunca entendió el protagonismo sin un poco de sacrificio y descaro. Encendía su cigarrillo, pendiente de una boquilla, desafiando al vacío, elegantemente aderezado con el movimiento sutil de las pestañas, que cual aleteo mortal, cubría de pasión los labios de los gordos de la industria, que siempre querían verla en su cama. Claude, recogía las migajas de Lady M, esparcidas en el  diván de piel , regalo de su último amor, un joven londinense que quería pintarla en el atardecer de sus días y que adornaba su cama con guirnaldas de flores recién cortadas del jardín que, con tanto esmero, cuidaba Claude. Lady M, lloró su abandono, pero mas aún lloraba el ridículo al que había sometido su mundo. Una dama que había estado en las mejores camas del país y del extranjero; delicada amante y solicitada compañera de affairs sonadisimos, no podía verse relegada al abandono de un oportunista, fetichista y arrogante pintor del tres al cuarto. Pero  así es el amor o la desesperación por mantener lo que se fue , sin mirar lo que se es. Cada mañana, tras recoger lo que quedaba de Lady M, Claude, la subía a su habitación, la desvestía y con mucha sutileza y adoración, la aseaba. Desde que una mañana, Lady M, vomitó la fiesta de la noche anterior, Claude, antes de llevarla a su habitación, coloca en la mesilla de noche , una fuente de porcelana, regalo de un embajador chino, allá por 1960, llena de agua tibia , con aroma de vainilla y rosas. Tras quitarle la ropa, Claude comienza  el ritual del aseo a ese cuerpo que todavía le hace  temblar al primer contacto con la piel.
La primera vez que Claude vio a Lady M en la gran pantalla, el corazón dejó de latir, sintió que aquellos ojos negros se clavaban en él y le susurraban. Cuando la agencia de colocación, una de las mejores de Londres, le dio la dirección de su nuevo  trabajo, tuvo que ir varias veces a lo largo del día, para cersiorarse que era verdad. Trabajaría para Lady M, su musa, su estrella, su pasión.
Cada mañana, Claude da gracia a dios por poder tenerla para él lo que dure el baño. Agradece a todos los hombre que le han roto el corazón a Lady M, porque él siempre estará y recogerá, como nadie, lo que quede de esa mujer débil y frágil. Da gracias al alcohol , que anestesia el volcán de rencor de su amada y la hace descansar en sus brazos por un instante. Agradece al tiempo que todo lo estropea, por hacerla bella para él. Solo él, sabe admirar su belleza, esa que un día enamoró a millones de hombres y que hoy , es contemplada por el fiel Claude.

©Lola Tabernas

domingo, 1 de enero de 2012

She

Despertaba de una noche distinta, con cualquier acompañante. Despertaba sudada, cambiada, apretada, mordida, desgarrada, complacida. Despertaba sin ganas. Agotada, pero radiante. Frente al espejo , ni un rastro de lo que fue la noche anterior. En su cuarto , fielmente decorado por los años de universidad  y glamour  generacional, She, terminaba de dar su ultimos retoques a un vestido negro, casi adhesivo a la piel. Lo encontró, el pasado verano cuando realizó un viaje fugaz a la ciudad. Allí estaba, en ese escaparate, brillante, único, resultón. En el probador, un suspiro de goce autoinfringido se le escapó, cuando el espejo le devolvió la imagen que ella esperaba, la que llevaba tiempo buscando, la de una mujer que desea ser deseada.
Las medias negras, tupidas, prolongaban el negro sepulcral del vestido. Unos stilettos negros, vertiginosos, bien afianzados y el corazón en la boca. Una tarde, mientras esperaba en un centro comercial a unas amigas, la publicidad de un rojo de labios no la dejaba concentrarse en la lectura diaría del periódico. Rouge Sublime 150 de YSL.
Todo estaba dispuesto para  esa noche donde todo lo  deseado, lo anhelado, lo soñado se iba a convertir en realidad. Había sido invitada a una fiesta de fin de año , de esas con mucho glamour, desinihibición y amnesias prodigiosas en el mismo instante del alba. Ante el espejo, su cuerpo embutido en un vestido negro, anudado al cuello que le dejaba totalmente al descubierto la espalda, medias y  zapatos, acoplados al conjunto, formando un cuerpo deslizante, se veía matador.  Uñas y labios ardían. El pelo, recogido, dejaba ver la nuca que, más tarde, esperaba ser acariciada, mordida. Todo era idóneo. Todo en su lugar, todo por empezar. Aquella noche, no iba a ser igual que las demás, llenas de cervezas, pipas, y pizza grasienta. Era la noche donde moría la antigua She y renacía una mujer con fuerza, con ganas de disfrutar y hacer disfrutar. Pero los planes nunca salen como se planean. Horas, y horas oyendo discursos rancios, cumplidos nada originales, manoseos gratuitos y nada delicados.  Empezaba a aburrirse , la nunca la tenía casi roja de la poca costumbre de colgarse trajes tan apretados al cuello. El rojo de labios comenzaba a desaparecer y le cansaba ir una y otra vez a retocarse. El bolso comenzaba a pesar y las llaves del coche sonaban cada vez que movía la mano. El pelo, agarrado a doscientas mil orquillas, comenzaba soltarse y a doler. Un horror. Pensó que la vida loca no se planea, no se preve, sale sola y con esa idea y cansancio, le comentó a su amiga que se iba.
Una copa, solo una copa y me voy. Una copa llevó a otra y la otra a más. En el fondo pensó que por qué desaprovechar la velada. Dejo atrás sus dotes de seducción, para convertirse solo en una chica que despedía un año y daba la bienvenida a otro rodeada de gente. Y las horas pasaron, hasta que el sol de la mañana, le hizo cosquillas, durante un tiempo, hasta que se convirtió en un incordio 10 minutos después. Se atusó el pelo, secó sus babas y cuando intentaba recuperar su cordura y tomar un alka-seltzer , como de costumbre, notó que algo le impedía salir de la cama. Intentaba zafarse, pero no podía. Con las pocas ganas y fuerzas que le quedaba, se dio la vuelta y allí estaba. Tanto buscar, tanto hacer y allí, desnudo, con la piel todavía erizada, descansaba el hombre más guapo y sexy que jamas había conocido. No sabía su nombre , pero recordaba que la noche anterior, se fijó en él nada mas entrar. Se colocó el pelo y arrastró la sabana , delicadamente, hacia su pecho. Le dio pudor, pero no podía dejar de mirarlo. Recorría cada parte de su cuerpo intentando recordar qué es lo que había pasado, cuándo y cómo pudo disfrutar de aquel hombre que yacía exhausto al lado de ella.
Despertaba de una noche distinta, con un acompañante cualquiera. Ante el espejo , cansada, se sentía distinta, completa, agotada, mordida, desgarrada , pero radiante.
Ante el espejo She, notó mas que nunca que todo es posible y por una vez, solo una vez, dejó de pensar en el amor y creyó en la entrega, solo pasión, solo sexo, solo cuerpos.

©Lola Tabernas

domingo, 27 de noviembre de 2011

Anchor Bay

Las mañanas eran iguales en Anchor Bay . Las mismas nubes , las mismas avispas, las mismas escenas ante la tienda de Mary Saneston. La vida era monotona en Anchor Bay. Las noches aunque parecidas unas a otras, culminaban con un toque diferente. Una luz distraida, un ruido inusual, una ventana retrasada en su clausura. Todo era igual en Anchor Bay.
Volvía despues de 10 años fuera del centro neurálgico del estado de Winstuky, al norte o al sur del pais.   Recuerdo por qué me fui , lo mas triste es que no sé por qué regresaba, pero lo cierto es que allí estaba, frente a la ventana de mi cuarto infantil, tomando chocolate, con la misma sensación de incertidumbre que me embargaba 10 años antes, aquella mañana que me hice una coleta y metiendo en la maleta bragas, camisetas y una cámara de fotos , bajé las escaleras, nada silenciosas, desde mi cuarto a la cocina y sin pensármelo, le dije a mi madre, quiero ser cantante y me fui.
Anchor Bay, sus casas, sus calles, me olían a moho, a cosas guardadas, a recuerdos enmohecidos, casi olvidados. Me alegraba saber que nadie había limpiado el pueblo y olía igual. Contemplaba desde mi habitación, convertida en mi refugio pueblerino vacacional, a las gentes que paseaban y miraban distraidamente la casa de mis padres. Lo sabían,  sabían que había regresado. Esperaban el momento idóneo , no sé,  un baile hortera, un vecino pedilón de azúcar o sal, el domingo en misa, en el que pudieran mirarme de arriba abajo para recordarme que no fui cantante y ahora menos inocente y usada volvía a mi casa con el rabo entre las piernas.
Bajé las escaleras sonoras y encaré la cocina con un cigarro entre mis dedos, provocación en estado puro. Mi madre me miró y bajando la cabeza me preguntó si quería desayunar. Ni le contesté, apagué el cigarro en el suelo, aplastándolo con mis botas de charol blanco que compré con mi primer sueldo,  cogí mi mini bolso, me ajusté los shorts, y salí a recorrer Anchor Bay, para aclarar dudas, plantar envidias y crear deseos.
Mientras caminaba culpaba a mis padres y a Anchor Bay  de mi suerte. De los abusos, de los fracasos, de los amores que no fueron , de los vicios que probé y que no supe dejar, de mi falta de autoestima y del dolor y vergüenza que sentía al tener que regresar al lugar desde donde un día , juré  que no volvería. Caminaba y veía que la gente se sorprendía , miradas de vergüenza, de estupor, de pudor, alguna , por no decir , muchas de deseo. Volvía  Sue Ellen, regresa del infierno y ahí tienen el ejemplo.

Parada en el centro de la calle, y sabiendo que no debía avergonzarme de nada, anudé mi camiseta por encima del ombligo, me atusé mi larga melena , saqué un cigarro y caminé, caminé , hasta donde me dío las fuerzas y hasta donde sabía que podía dar que hablar.
La pena de todo esto es que el  Anchor Bay es un pueblo pequeño. Mi historia solo tiene sentido aqui , pero siempre habra un pueblo y una chica, un cigarro y cuatro calles. La historia no solo la escriben los gandores, si no los que ven regresar a los perdedores, y en ese grupo , Sue Ellen , es la vencida de Anchor Bay.

©Lola Tabernas

miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿Qué ve?

Lo limpio de su mirada, me causa envidia. Ese horizonte sin obstáculos, sin baches, sin interrupciones, sin códigos de honor, sin leyes, sin cuestiones. Un mundo lleno de posibilidades. Eso es la niñez, incluso diría que la preadolescencia. No hay nada que no pueda hacer, decir, mirar, ocultar. Todo es posible. ¿Cuándo perdimos la capacidad de ver algo mas allá de lo que tenemos delante?
Ese salto carente , en muchos casos, de creatividad, nos impide ver el elefante rosa cargado de flores en cualquier esquina de nuestra imaginación. Hace poco me sorprendí confesando: "No tengo ideas, estoy seca"....Buff, sonaron las sirenas de la preocupación. Me puedo quedar sin dinero, sin pelo, sin ropa, pero sin ideas, sin imaginación, NUNCA. Así, que indagué , rebusqué y empecé a llamar a esa niña con ojos limpios, netos, vírgenes, que todo el mundo tiene y , aunque con retraso, acudió a mi grito desesperado de ayuda. Cuando la vi, me volví a sorprender. Esos ojos marrones, limpios, vírgenes, audaces. Me daba vergüenza mirarla. Pero ella seguía ahí, de pie frente a mi. Era nueva en este tipo de procedimientos, debía preguntar; cogerla de la mano y amarrarla a la pata de mi escritorio o simplemente, escuchar y observar.
Cuán difícil es hacer ambas cosas. Cuando el silencio te rodea, qué narices vas a escuchar; cuando lo que te rodea es solo vacio, qué narices vas a observar. ERROR¡¡¡¡
Después de tantos años acumulando ideas, prejuicios, errores , aciertos, mentiras, vendas, verdades a medias, caricias sin sentidos, creencias sin fundamentos, dolores, risas sin ganas, escenas repetidas. Después de tantos años de escombros,  era incapaz de ver lo que me rodeaba e impregnarme de ello. Esa niña, morena, con grandes ojos, con un horizonte aun por descubrir, con esa sonrisa tímida, pero limpia, un día quedó sepultada por miles de escombros que yo misma haciné en cualquier esquina de eso que llamo consciencia. 
Me autocontemplaba y me preguntaba en qué lugar del viaje tiré por la borda las maletas de la imaginación; cuándo dejé de soñar en color; cuándo dejé de oírme; cuándo me dejé morir. 
Nunca unos ojos me habían dicho tanto y nunca un silencio me había mostrado tanto. 

Un día sentí que lo mio eran las letras. Escribir sentimientos, buenos  o malos. Pero cuando no crees en ello, cuando no fomentas y  valoras lo que escribes, esa fuente a la que llamo imaginación, musa, inspiración o como quieras llamarla, busca otros puertos , otros ojos que la busquen, otros oídos que la escuchen , otro corazón que la sienta.

©Lola Tabernas

lunes, 10 de octubre de 2011

Escribiendo y borrando

Llevo toda la noche queriendo y no pudiendo. Esa sensación me embarga y no dejo de darle vueltas y más vueltas. Queriendo y no pudiendo, que pendejada.
La tontería más grande que se ha podido clasificar.
Queriendo quererte y no pudiendo quererte, este sería un ejemplo, pregunto. ¡Qué va!
Es el miedo al jodido fracaso, al no encontrar la lengua perfecta en la boca adecuada. Es el querer ir en un auto perfecto, pero imaginándotelo en un utilitario de mierda.
Queriendo y no pudiendo.
Vaya mierda de pensamiento.
Suéltalo de una vez.
A ver, mujer indecisa, qué narices quieres decir.

Silencio.

Lo ves, falsa alarma. Esa sensación era puro antojo, puro deseo fingido. Que va, esto va mas allá, quiero escribir lo que soy y no puedo. Quiero interpretar mi realidad y no puedo.
Quiero ser feliz y no me dejo. Lo ves que al final era algo.
Si la escritura, mujer, no es capaz de sacar lo más profundo de tus cuestiones y revelarlas como se revela un secreto mortífero, para qué narices escribes.
Soñar con lo que desearías ser, sin pasar primero por el folio del presente, nena, no es un camino recomendable. Pasa, reconócete en cada letra y palabra y luego, siéntate como esta noche delante de la pantalla del ordenador e intenta formular esa estúpida frase.
Te aseguro, mujer, que será distinto. No habrá gerundios, ni negaciones, habrá presentes y futuros simples, sin componer, que las compañas, a veces, son malas.


Y te diré que ese texto que no te atreves a escribir tendrá un inicio, tal que así: Quiero y puedo...


Ahí te queda eso.....



©Lola Tabernas


viernes, 30 de septiembre de 2011

Hoy...

Hoy. El título deja que nos comamos la cabeza, pensando, qué querrá decir con ese Hoy. Pues, ni mas ni menos, que hoy, he dejado de soñar y creo en la realidad. Hoy  he dejado de llorar y lamentarme como una araña esquinera y me he plantado en el salón de mi casa, y con las manos en los "pelos", agarrándome lo que me queda de melena, he dicho , sin miedo, ¿Por qué no?. 
Así que hoy, quedará marcado en el calendario de las soñadores como el fin de la utopía y el inicio de la realidad.
Hoy, es el inicio del futuro, aquel que un día soñé, es el inicio del valor que hay que tener para plantearse realizar esos sueños. Es el día en la película americana, tiene que cumplirse, el día en que todo es posible y nada es convencional. Porque soy. Si, soy. Fastidia pasarte la vida buscándote y darte cuenta que solo debías parar y escuchar. 
Así que me he levantado, me he escuchado y sentada en mi coche con una canción digna de un anuncio de compresas, he mirado por encima de mis Ray-Ban, a un lado y a otro de la carretera y hasta el sol me parecía mas fuerte y la parada de la guagua mas vacía. He lanzado un grito, he agarrado el volante y  poseída por la endemoniada y pegadiza música, he surcado los mares de asfaltos que separan mi casa de la de mi madre, esperando que Hoy, fuera diferente. Pero al llegar y ver que me sigue molestando que mis tobillos tengan el mismo grosor que mi cuello y que las zapatillas deportivas me queden igual de mal que los tacones, intuí que la lucha iba a ser difícil. 
La lucha por escucharte pasa por no olvidar lo vivido y sentido en el día anterior. La lucha por entenderte , pasa por ser critica con tus fallos y amiga de tus aciertos. La lucha por quererte, es mirarte al espejo y saber en todo momento que esa  imagen , no es perfecta, pero es única. Por qué será que cada vez que una mujer habla de su bienestar, parece que hablemos de compresas.
Hoy es el principio de algo que desconozco, pero por lo menos , Hoy, me he escuchado y creo que todo es posible. Espero que este Hoy , no se quede atrapado entre la espuma de mi almohada y se adhiera a mi cerebro, para mañana volver a gritar hoy , y conducir con el mismo ímpetu y entusiasmo desde mi casa a la de mi madre.

©Lola Tabernas


jueves, 22 de septiembre de 2011

¿Hay alguien ahí?

Por qué no quise ser enfermera o cantante, como toda chica de mi edad.  No,  lo mio es ir al limite, quería ser escritora. Pasan los años, muchas hojas en blanco y delante de un ordenador , insultantemente, moderno, con miles de aplicaciones inaccesibles para mi coeficiente, el teclado se ofrece como esa tortura invisible.  La blancura de la ficticia cuartilla, es más horrorosa virtualmente que física. Cuanto mas la cierras ahí que se abre ella , provocadora, incitadora.
Comienzo a navegar por las ventanitas que están en la parte superior , dibujos, formas, cuadros de textos, y millares de "chorradas" que hacen que me distraiga de mi misión: ESCRIBIR.
Vale, la mano comienza a moverse, a dónde me llevará. Se lanza, no la controlo, (me encanta pensar esto, pero  no seamos ilusos, mi consciente lo controla todo) empieza a colocar algo: Gatas.
Qué manía, con colocar el titulo, a ver de qué vas a hablar de los gatos, de la mierda de los gatos, de los pelos de los gatos, de las 7 vidas de los gatos. Qué bueno es tener conciencia, es el borrador de los títulos sin contenido.
Utilizo la tecla grande de la derecha superior, mi teclado está en español y pone : Retroceso. NO. Que ironía es la vida, el ordenador, este teclado frió y promiscuo, me ha lanzado a la cara  el resumen de mi vida, retroceder.
Pero aun así, borro el título y pienso. Pienso. Pienso. No hay espacio para la frase: luego existo. Existo, claro que existo y quiero ser escritora.
Así que me planto y me digo, con convicción, Lola , por qué no te relajas y vives. 
El problema es que no tienes nada sobre lo que escribir. 
Vive , coge apuntes de la vida y ya luego hablamos.
No hay nada como  hablar con las musas y dejarlo todo claro. 

No esperen nada de mi por ahora, estoy viviendo.

©Lola Tabernas